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La Hermandad de la «Ñ»

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Freud lo leyó en secreto siendo adolescente, Jefferson lo llevó en su viaje a Europa, Ben-Gurion lo estudió en el desierto, Marx se lo leía a sus hijas cada noche. Y ninguno de ellos quiso hacerlo en traducción. Para entender realmente a don Quijote y Sancho Panza, estos titanes de la historia decidieron algo insólito: aprender una lengua completamente nueva. El castellano no era para ellos un idioma de conquista, comercio o diplomacia. Era el pasaporte de entrada al alma humana diseñada por Cervantes

Imagine esto: usted es uno de los cerebros más brillantes de su época. Tiene acceso a las mejores traducciones del mundo. Puede leer el Quijote en inglés, francés, alemán, ruso. Pero no le basta. Sabe que algo esencial se pierde en el camino. Así que toma una decisión radical: aprenderá español desde cero con un único objetivo: leer El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha en la lengua de Miguel de Cervantes.

Suena a exageración, ¿verdad? Pues ocurrió. Y no una vez, ni dos. A lo largo de los últimos tres siglos, algunas de las mentes más prodigiosas del planeta han protagonizado esta misma historia de amor obsesivo con un libro. Científicos, políticos, filósofos, escritores… todos con una cosa en común: se negaron a conformarse con leer a don Quijote de segunda mano.

Viena, años 1870. Sigmund Freud todavía no ha revolucionado la psicología ni ha publicado La interpretación de los sueños. Es solo un adolescente judío con gafas redondas y una curiosidad insaciable. Junto con su mejor amigo, Eduard Silberstein, funda algo extraordinario: la Academia Castellana. Una sociedad secreta de dos miembros. Su misión: aprender español de forma completamente autodidacta para poder leer el Quijote sin intermediarios. Y lo consiguen. Tan bien que, en su correspondencia privada, Freud firma como Cipión y Silberstein como Berganza, los dos perros del Coloquio de los perros de Cervantes.

¿Por qué tanto esfuerzo? Porque Freud intuyó algo en don Quijote que marcaría toda su obra posterior: la tensión entre ilusión y realidad, entre deseo y frustración, entre el yo que soñamos ser y el yo que somos. Antes de explorar el inconsciente humano, Freud exploró la Mancha. Y lo hizo en castellano.

Israel, años 1960. David Ben-Gurion acaba de retirarse como primer ministro tras fundar el Estado de Israel. Se instala en el kibutz de Sde Boker, en pleno desierto del Néguev. Allí, rodeado de arena y silencio, toma una decisión: ya en su vejez, aprenderá español. ¿El motivo? Un solo libro. Un libro sobre un hombre que decide construir un mundo nuevo contra toda lógica, un hombre que convierte su locura en fe, un hombre llamado don Quijote.

Ben-Gurion, que había construido un país de la nada en medio de la hostilidad y la guerra, encontraba en el hidalgo manchego algo más que literatura: encontraba un espejo. La locura cuerda de don Quijote era, para él, el motor de la historia. Y quiso leerlo en su pureza original, sin filtros.

Estamos en 1787. Thomas Jefferson, tercer presidente de Estados Unidos y autor de la Declaración de Independencia, viaja a Europa. En su equipaje, dos objetos inseparables: un ejemplar del Quijote y una gramática española. Durante la travesía, aprende el idioma. No porque lo necesite para negociar tratados. Lo aprende porque está convencido de algo: leer el Quijote en español es el mejor método para dominar la lengua. Pero también porque ve en Cervantes un manual de ética y humanidad.

Jefferson recomendará el Quijote a sus familiares, a los futuros políticos americanos, a cualquiera que quiera entender qué significa gobernar con principios. Para él, don Quijote no es solo un personaje literario: es un código moral.

Arthur Schopenhauer es conocido como uno de los filósofos más pesimistas de la historia. Su obra maestra, El mundo como voluntad y representación, es una larga meditación sobre el sufrimiento humano. Y, sin embargo, este hombre encontraba consuelo en las páginas del Quijote. Pero no en alemán. Las traducciones, decía, traicionaban el espíritu de la obra. Así que aprendió castellano a la perfección. Tan bien que no solo leyó el Quijote: tradujo al alemán el Oráculo manual de Baltasar Gracián.

Para Schopenhauer, el Quijote era una de las cuatro mejores novelas jamás escritas. ¿Por qué? Porque la derrota constante de don Quijote no era triste: era la representación perfecta de la voluntad humana chocando contra la realidad. Y esa representación solo funcionaba con la gracia que solo el español podía transmitir.

Londres, siglo XIX. Karl Marx, el hombre que escribió El Capital y cambió la historia del pensamiento político, tenía una rutina doméstica que sorprendía a sus contemporáneos: cada noche, leía el Quijote a sus hijas. ¿En traducción? No. Marx había aprendido castellano específicamente para leer a Cervantes (y a Calderón de la Barca) en su lengua original. Según su yerno, Paul Lafargue, lo hacía casi a diario. ¿Qué veía Marx en el Quijote? El fin de una era: el feudalismo muriendo ante el empuje de la modernidad. Pero retratado con una ironía insuperable y, sobre todo, sin perder la ternura por los personajes. Marx admiraba cómo Cervantes había plasmado las contradicciones de su tiempo sin cinismo. Solo compasión.

Después de crear a Frankenstein, Mary Shelley enfrentó la tragedia más profunda: la muerte de su esposo, Percy Bysshe Shelley. Buscando consuelo, se refugió en el estudio de idiomas. Y allí encontró a Cervantes. Aprendió español para leer el Quijote en su forma original. Lo leyó varias veces. Escribió ensayos sobre Cervantes. Y llegó a una conclusión: el humor del Quijote en castellano tenía una melancolía noble que se perdía totalmente en inglés. Para Mary Shelley, que había explorado la monstruosidad en su obra maestra, el Quijote era la prueba de que la verdadera monstruosidad es un mundo sin ideales.

Benjamin Franklin era el hombre hecho a sí mismo por excelencia. Inventor, científico, diplomático, editor… pero también un voraz lector que comprendió algo fundamental: el español era la lengua del futuro. En su Autobiografía, Franklin cuenta que en 1733 empezó a estudiar idiomas: francés, italiano y castellano. ¿El motivo literario? el Quijote. De hecho, adquirió una de las mejores ediciones de la época: la famosa edición de la Real Academia de 1780.

En su biblioteca personal, el Quijote ocupaba un lugar de honor. Franklin creía que el español era esencial para cualquier ciudadano americano por razones prácticas. Pero su interés por Cervantes era puro amor a la literatura.

Alexander Pushkin, el padre de las letras rusas, leyó el Quijote principalmente en francés. Pero la frustración lo consumía. Sabía que estaba perdiéndose algo esencial. En 1832, pocos años antes de morir, comenzó a estudiar castellano.

No le dio tiempo. Pero su anhelo contagió a otros. Heinrich Heine, el gran poeta alemán, sí aprendió español. Y escribió una introducción al Quijote llena de emoción, confesando que lloró la primera vez que vio al Caballero de los Leones ser derrotado. Para Heine, el español era la lengua de la nobleza trágica.

Esta es la Hermandad de la Ñ. un club exclusivo al que solo se accede con esfuerzo extremo y devoción absoluta. No hay cuotas de entrada. No hay edificios. No hay ceremonias. Solo hay una regla: aprender el castellano de Cervantes para poder dialogar, de tú a tú, con Alonso Quijano y Sancho Panza.

Porque estos genios entendieron algo que muchos olvidan: el Quijote no solo se lee. El Quijote crea hablantes.

Cervantes consiguió algo que ninguna academia de idiomas ha logrado jamás: que personas de Berlín, Viena, Jerusalén, Moscú, Filadelfia y Virginia sintieran la necesidad imperiosa de adoptar el idioma de Castilla como propio. No para hacer negocios. No para viajar. Sino para entender mejor qué significa ser humano.

Si estos genios pudieran apoyar hoy la iniciativa de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan para declarar el legado de don Quijote y Sancho Panza como Patrimonio de la Humanidad, sería la declaración que nunca firmaron (pero que con toda seguridad habrían firmado) y probablemente dirían algo así:

Thomas Jefferson: «No hay mejor constitución para el espíritu humano que la justicia desinteresada del hidalgo manchego». Sigmund Freud: «En el castellano de Cervantes encontré el mapa de las profundidades de la psique antes de que yo mismo supiera descifrarlas». Mary Shelley: «El Quijote fue el único refugio capaz de revelar que la verdadera monstruosidad es un mundo sin ideales». Karl Marx: «Cervantes retrató con una ironía insuperable la tragedia de la historia, enseñándonos a mantener la dignidad humana en medio de las contradicciones de cada época». David Ben-Gurion: «La fe inquebrantable de don Quijote es el motor que permite a los pueblos construir su destino, incluso sobre la arena del desierto». Arthur Schopenhauer: «Ante la risa del Quijote y la sabiduría de Sancho, incluso el mayor de los pesimismos se rinde a la verdad consoladora del genio».

En una época de traducciones automáticas, inteligencia artificial y acceso instantáneo a cualquier texto en cualquier idioma, la historia de la Hermandad de la Ñ nos recuerda algo fundamental: hay libros que exigen más. Hay obras que no se conforman con ser consumidas. Obras que transforman a sus lectores. Obras que crean comunidades invisibles de personas que, separadas por siglos y continentes, comparten un mismo amor.

Don Quijote y Sancho Panza no son personajes de papel, son las dos mitades del alma humana: el sueño que nos impulsa a volar y la tierra que nos permite caminar. Y por eso, durante más de cuatro siglos, los mejores cerebros del planeta han decidido lo mismo: para conocerlos de verdad, hay que hablar su idioma.

Y eso, amigos, es lo que convierte al legado de estos dos personajes en algo único en la historia de la humanidad. No solo conquistaron lectores, conquistaron hablantes. No solo inspiraron admiración, inspiraron esfuerzo. No solo contaron una historia, cambiaron lenguas, transformaron vidas, crearon hermandades.

Por eso merecen ser Patrimonio Cultural de la Humanidad, porque ya lo eran mucho antes de que nadie lo declarara oficial.

Constantino López Sánchez-Tinajero

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

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