Hablaba yo el otro día de que casi todos los problemas que tenemos residen, en su base, de una gran falta de comunicación. Todo lo que nos pasa suele tener su origen en malos entendidos y en dar por hecho cosas sin que se verbalicen. Incluso en que la gente deje de comunicar cómo se siente o qué necesita porque sabe que incomoda al que no sabe expresarlo de la misma manera.
En el tema del feminismo, que ha perdido tantísima popularidad en los últimos tiempos, debo decir que no vamos nunca a afianzar nada si no partimos de cómo enseñamos a los niños comunicación. Los niños y niñas, cuando son pequeños, expresan de igual forma necesidades, miedos y sentimientos, pero luego, poco a poco, ellas por lo general lo desarrollan y ellos lo reprimen. ¿Por qué sucede eso? Porque enseguida se enseña a los niños que hay ciertas cosas de las que un hombre no habla o que un hombre no hace, y casi todas tienen que ver con el acto comunicativo profundo. Es algo que se permite a las chicas porque se sigue considerando que nosotras somos más emocionales —alguna ventaja tendría que tener que no nos tomen en serio— y tradicionalmente cuidadoras.
Sostengo que los hombres y las mujeres no somos tan distintos en lo que a emociones y necesidades se refiere. Lo que sí es totalmente diferente pasada cierta edad es cómo lo expresamos y a quién lo expresamos. Siempre me ha parecido muy triste que los hombres no hablen entre ellos de ciertas cosas, que den por hecho que el comportamiento de un hombre debe ser de una determinada forma y que no rompan esa presión comunicándose entre ellos. Si descubrieran que tienen inseguridades y miedos semejantes, si supieran que hay ciertas cosas que no hace falta fingir, o que no pasa nada por equivocarse en ciertos asuntos, si pudieran reírse juntos de sus creencias equivocadas con respecto a lo que es un macho sin sentirse humillados, otro gallo nos cantaría. Y esto lo sé porque a menudo, con quien se comunican —si consiguen superar la barrera de la comunicación— es con sus novias o esposas, cargándolas a ellas con la responsabilidad del sostén emocional que, por lo general, nosotras sí sabemos colectivizar.
Soy contraria a pensar que las mujeres somos seres de luz que manejaríamos mejor el mundo por la simple razón de que somos buenas y ellos malísimos. Somos seres humanos como otros seres humanos, como ellos. Lo que sí creo es que esta diferencia en la comunicación, en lo que debe ser un hombre, esa falta de afectos, esa ocultación de la fragilidad que tenemos todos que ellos hacen, hace muchísimo daño porque genera frustración e ira. Genera esa necesidad de competir por ver quién la tiene más grande, y eso puede ir desde el propio pene al arsenal nuclear. La falta de comunicación genera violencia interna y la violencia interna, a veces, termina en violencia externa y ansias compensatorias de poder.








































































