Podría decir muchas otras, pero si soy honesta, las películas de mi infancia fueron El mago de Oz y Parque Jurásico por orden de aparición en mi vida. No sabría decir si por orden de obsesión, porque la obsesión a los seis y a los once se vive de formas absolutamente distintas. En cualquiera de los casos, siempre fui de dinosaurios —no me fío de nadie que diga que no tiene uno favorito—, y es de la de los dinosaurios de la que quiero hablar. Yo no me forré la carpeta con Leonardo DiCaprio, me la forré con Jeff Goldblum, del que era muchísimo más complicado encontrar fotografías, y a veces tenía que ir a la biblioteca e imprimirme en malísima calidad imágenes de sus películas de los ochenta que todavía no había visto. Pero no hablaré de las estupideces que puede hacer una preadolescente con una obsesión, sino de la obsesión en sí, que era el matemático con aires de estrella del rock Ian Malcolm.
Yo no lo sabía entonces, pero ese señor y yo teníamos muchas cosas en común. Muchas, pero principalmente una, que él mismo resume en una frase: «cómo odio tener razón siempre». Recordemos que, a pesar de la fascinación que despierta en todos el parque, es el primero en dar la voz de alarma con respecto a lo que podría suceder en un lugar así si la cosa se descontrola. Sobre todo porque es muy osado por parte del ser humano creer que ese invento puede mantenerse bajo control. Por supuesto, sus sospechas se ven confirmadas como unos veinte minutos después de que empiece a molestar a todos con sus vaticinios, y él suelta esa frase que ha resumido tanto mi vida que, a día de hoy, tengo una camiseta con ella.
Esto lo digo porque me pasa constantemente que me llamen alarmista por expresar mis prevenciones con temas o personajes. Han llegado a reírse abiertamente de mí por decir que me daba miedo algo que parecía muy marginal, y luego se ha confirmado que tan marginal no era y que, además, yo tenía razones para sospechar. Y sí, hablo por ejemplo del ascenso de los ultras. También podría hablar de Elon Musk, que hace años era muy admirado por gente muy cercana y querida como una especie de superdotado incomprendido y, cuando yo dije lo que me parecía a mí, me dijeron que estaba loca. Bueno, ha sacado la patita, cabrita, que decía el cuento.
También me acusaron de leer demasiados cómics y novelas de ciencia ficción en las que el mundo terminaba dirigido por corporaciones cuando hice ciertos análisis con un vinito o viendo el telediario, que es cuando una se pone más Ian Malcolm. Pues yo creo que ya hemos conocido a Lex Luthor, majos.
En resumen: por favor, poned a buen recaudo los derechos que hayáis conseguido, aunque creáis que ya son para siempre, y estad alerta para defenderlos porque vienen curvas. Y nada me gustaría más que equivocarme esta vez.

































































