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El palo y el mando: de Sancho Panza a nuestros días

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Cuando Cervantes puso en boca de Sancho Panza aquella sentencia: «Teniendo yo el mando y el palo, haré lo que quisiere» (Q II, 43), probablemente no imaginaba cuán vigente permanecería su observación sobre la naturaleza humana. El escudero de don Quijote, en su característico pragmatismo, destilaba una verdad incómoda: el poder, cuando carece de límites y contrapesos, tiende naturalmente hacia la arbitrariedad.

La frase emerge en el contexto del gobierno de la ínsula Barataria, ese experimento burlesco donde Sancho debe ejercer como gobernador. Pero lo que comenzó como burla acabó revelando una paradoja: el rústico escudero, precisamente por su sentido común, comprende mejor que muchos nobles la tentación que representa el poder sin vigilancia. No está celebrando esa posibilidad, sino reconociéndola con brutal honestidad.

Cuatro siglos después, la sentencia de Sancho Panza resuena con particular intensidad. Vivimos en una época donde las instituciones democráticas —esos mecanismos diseñados precisamente para separar el mando del palo—, enfrentan tensiones constantes. El escudero manchego nos recuerda que la concentración de autoridad y fuerza en las mismas manos es la receta perfecta para el abuso, independientemente de las intenciones iniciales de quien gobierna.

La historia contemporánea está plagada de ejemplos donde líderes que llegaron al poder con promesas reformistas terminaron por descubrir que, teniendo ambas cosas, podían efectivamente hacer lo que quisieran. Desde democracias que se erosionan gradualmente mediante el control simultáneo del poder ejecutivo, legislativo y judicial, hasta corporaciones que ejercen influencia desmedida al combinar capital económico con capacidad de presión política.

El principio permanece intacto: cuando no hay separación entre la autoridad para decidir y los medios para imponer, la moderación se vuelve opcional.

Pero la reflexión de Sancho adquiere nuevas dimensiones en la era digital. Las plataformas tecnológicas concentran hoy una forma de poder que Cervantes no pudo anticipar: controlan simultáneamente la infraestructura (el palo) y las reglas del discurso público (el mando). Pueden determinar qué voces se amplifican y cuáles se silencian, qué narrativas prosperan y cuáles desaparecen, ejerciendo una autoridad que escapa a los controles democráticos tradicionales.

La advertencia implícita en las palabras del escudero es que la virtud personal nunca es garantía suficiente. Los sistemas justos no se construyen confiando en que quienes tienen el poder sean benévolos, sino asegurando que nadie pueda acumular tanto poder como para volverse irresistible.

La separación de poderes, la libertad de prensa, la independencia judicial, todos estos mecanismos nacen del reconocimiento de que Sancho tenía razón: quien puede hacer lo que quiera, eventualmente lo hará.

Hay algo profundamente humano en esta observación. No es necesariamente una condena a la maldad intrínseca del ser humano, sino el reconocimiento de nuestra falibilidad. El poder absoluto no solo corrompe porque nos vuelve crueles, sino porque nos ciega ante nuestros propios errores. Sin contrapesos, perdemos la capacidad de corregirnos, de escuchar, de dudar.

La lucidez de Sancho Panza consiste en comprender que la tentación no está en quienes ejercen el poder, sino en la estructura misma que lo permite sin límites. Por eso las sociedades que aspiran a la justicia no pueden depender de encontrar gobernantes excepcionales que renuncien voluntariamente a hacer «lo que quisieren». Deben, en cambio, asegurar que nadie —por virtuoso que sea—, tenga simultáneamente el mando y el palo.

En nuestros días, cuando vemos emerger liderazgos que prometen soluciones expeditas mediante la concentración de autoridad, cuando escuchamos argumentos que justifican el debilitamiento de instituciones en nombre de la eficacia, conviene recordar al escudero manchego. Su sabiduría popular nos recuerda que la tentación del poder sin límites es universal y atemporal, y que la única defensa duradera contra ella no es la confianza en la bondad humana, sino la arquitectura institucional que impide esa concentración.

Cervantes, con la astucia de los grandes escritores, nos dejó esta verdad en boca de un personaje aparentemente simple. Sancho no era un filósofo político, pero entendía algo fundamental: la libertad de todos depende de que nadie tenga libertad absoluta para imponer su voluntad. Cuatro siglos después, seguimos aprendiendo —o deberíamos estar aprendiendo— la misma lección.

Constantino López Sánchez-Tinajero                                                             Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

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