Solo en el Quijote, hay 1.274 referencias al mundo clásico (531 en la Primera Parte y 743 en la Segunda). Virgilio es citado 94 veces, Ovidio 58, Homero 47, Aristóteles 46, Horacio 45, Platón 32, etc.
«La especial relevancia en la novela de conceptos de la preceptiva literaria antigua, particularmente de la Poética de Aristóteles, avala que la tradición clásica no constituye un mero ornato en el Quijote, sino que afecta a su misma concepción, desarrollo y fin. La novela constituye la puesta en acción de las críticas que los humanistas hacían del género caballeresco». (Antonio Barnés Vázquez, “Yo he leído en Virgilio. La tradición clásica en el Quijote”).
«En vista del minucioso recuento realizado por Antonio Barnés, bien preparado por su formación académica, se confirma que la novela está saturada de referencias a la literatura clásica y que la preceptiva neoaristotélica constituye su mismo motor». (Jean Canavaggio, “A modo de Prólogo”, en la misma obra citada en el párrafo anterior).
Aunque en determinados momentos de su novela Cervantes utiliza el lenguaje como un juguete, creando nombres que no solo son divertidos, sino que esconden juegos de palabras, burlas a los libros de caballerías o descripciones físicas directas, no fue así en toda la obra, sino que también hay referencias y muchas a hechos históricos o mitológicos. A continuación, se citan algunos de los nombres más graciosos y el ingenioso motivo de su creación:
Don Azote, nombre con el que alude a don Quijote la princesa Micomicona (Dorotea) cuando nombra al caballero español que le ha de ayudar a recuperar el territorio arrebatado por el gigante Pandafilando de la Fosca Vista (otro ejemplo más). También lo llama don Gigote. (Q I, 30)
La Condesa Trifaldi, también llamada «la de las tres faldas» o «la de la cola triangular». El nombre se burla de las vestimentas pomposas y ridículas de la época. (Q II, 36)
Pentapolín del Arremangado Brazo, un nombre que parodia los títulos hiperbólicos de los caballeros andantes (como «Mano de Hierro»), pero con una acción cotidiana y poco heroica como «arremangarse». (Q I, 18)
Pero como se ha mencionado anteriormente, no siempre juega con inventarse nombres graciosos y palabras ingeniosas ya que hay más de mil doscientas referencias al mundo clásico. Cervantes conoce con bastante detalle las obras de la antigüedad greco-romana, podemos ver referencias a la Eneida, la Ilíada, a la Odisea, al Antiguo Testamento, una prueba de ello es el prólogo de la primera parte del Quijote en la que un personaje (muy curioso, por cierto) creado por Cervantes le aconseja, como amigo, la forma en que ha de realizar su obra diciéndole:
“Si nombráis algún gigante en vuestro libro, hacedle que sea el gigante Golias… Si tratáredes de ladrones, yo os diré la historia de Caco que la se de coro, si de mujeres rameras, ahí está el obispo de Mondoñedo (Fray Antonio de Guevara, obispo famoso porque solía citar de memoria o inventar autoridades, y si alguien lo cuestionaba, siempre podría decir que el obispo «se olvidaba» de poner el nombre exacto del autor), que os prestará a Lamia, Laida y Flora, cuya anotación os dará gran crédito; si de crueles, Ovidio os entregará a Medea; si de encantadores y hechiceras, Homero tiene a Calipso, y Virgilio a Circe; si de capitanes valerosos, el mismo Julio César os prestará a sí mismo en sus Comentarios, y Plutarco os dará mil Alejandros» (Q I, Prólogo).
Cervantes mezcla Historia Sagrada, mitología griega, mitología romana, autores literarios griegos como Homero, autores literarios romanos como Virgilio u Ovidio, figuras reales de la historia griega como Alejandro y figuras reales de la historia romana como Julio Cesar, lo que da una idea del nivel de erudición de la antigüedad clásica, incluida la historia religiosa.
No son solo citas y referencias livianas, sino que los dioses principales y secundarios, los personajes históricos o sagrados, se integran perfectamente en la forma y en el fondo de la obra cervantina.
Ejemplos de citas a los clásicos son:
Briareo, en la mitología griega, es uno de los tres Hecatónquiros (o Centimanos), gigantes hijos de Urano y Gea, caracterizado por tener cien brazos y cincuenta cabezas.
Levantóse en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a overse; lo cual visto por don Quijote, dijo:
—Pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar. (Q I, 8)
Sileno, Es una deidad rústica de los bosques y fuentes. Aunque a menudo se le muestra borracho y grotesco, también es considerado el más viejo y sabio de los seguidores de Dioniso, capaz de profetizar. Se le representa como un anciano calvo, gordo y tambaleante, montado a menudo sobre un asno.
Y más, que no tendré a deshonra la tal caballería, porque me acuerdo haber leído que aquel buen viejo Sileno, ayo y pedagogo del alegre Dios de la risa, cuando entró en la ciudad de las cien puertas, iba muy a su placer caballero sobre un muy hermoso asno.
—Verdad será que él debía de ir caballero como vuestra merced dice respondió Sancho—; pero hay grande diferencia del ir caballero al ir atravesado como costal de basura». (Q I, 15)
Argos (o Argos Panoptes), es un gigante de cien ojos, célebre por ser un vigilante incansable al servicio de la diosa Hera. Conocido como «el que todo lo ve», fue enviado a custodiar a Ío, pero terminó siendo asesinado por Hermes, tras lo cual Hera trasladó sus ojos al plumaje del pavo real.
—No —dijo Ricote, que se halló presente a esta plática— hay que esperar en favores ni en dádivas; porque con el gran don Bernardino de Velasco, conde de Salazar, a quien dio su majestad cargo de nuestra expulsión, no valen ruegos, no promesas, no dádivas, no lástimas; porque, aunque es verdad que él mezcla la misericordia con la justicia, como él vee que todo el cuerpo de nuestra nación está contaminado y podrido, usa con él antes del cauterio que abrasa que del ungüento que molifica; y así, con prudencia, con sagacidad, con diligencia y con miedos que pone, ha llevado sobre sus fuertes hombros a debida ejecución el peso desta gran máquina, sin que nuestras industrias, estratagemas, solicitudes y fraudes hayan podido deslumbrar sus ojos de Argos, que contino tiene alerta, porque no se le quede ni encubra ninguno de los nuestros, que como raíz escondida que con el tiempo venga después a brotar y a echar frutos venenosos en España, ya limpia, ya desembarazada de los temores en que nuestra muchedumbre la tenía. (Q II, 65).
Teseo, es el héroe nacional por excelencia de la mitología griega y el mítico rey de Atenas. Se le considera el unificador del Ática y, en muchas tradiciones, el precursor de la democracia ateniense.
Su hazaña más importante fue la de viajar a Creta para matar al Minotauro. Logró salir del laberinto gracias al «hilo de Ariadna», un ovillo de lana que le entregó la princesa Ariadna para que pudiera encontrar el camino de regreso.
«Y en lo que dices que aquellos que allí van y vienen con nosotros son el cura y el barbero, nuestros compatriotas y conocidos, bien podrá ser que parezca que son ellos mesmos; pero que lo sean realmente y en efeto, eso no lo creas en ninguna manera. Lo que has de creer y entender es que si ellos se les parecen, como dices, debe de ser que los que me han encantado habrán tomado esa apariencia y semejanza; porque es fácil a los encantadores tomar la figura que se les antoja, y habrán tomado las destos nuestros amigos para darte a ti ocasión de que pienses lo que piensas, y ponerte en un laberinto de imaginaciones que no aciertes a salir dél, aunque tuvieses la soga de Teseo; y también lo habrán hecho para que yo vacile en mi entendimiento y no sepa atinar de dónde me viene este daño; porque si por una parte tú me dices que me acompañan el barbero y el cura de nuestro pueblo, y por otra yo me veo enjaulado y sé de mí que fuerzas humanas, como no fueran sobrenaturales, no fueran bastantes para enjaularme, ¿qué quieres que diga o piense sino que la manera de mi encantamento excede a cuantas yo he leído en todas las historias que tratan de caballeros andantes que han sido encantados? Ansí que bien puedes darte paz y sosiego en esto de creer que son los que dices, porque así son ellos como yo soy turco». (Q I, 48)
La biografía “oficial” nos cuenta que Miguel de Cervantes tuvo una vida bastante azarosa, en 1568 tras supuestamente participar en un duelo huye hacia Italia para ponerse al servicio del Cardenal Acquaviva, incorporándose al ejército español en 1569, participó en la batalla de Lepanto en 1571, continuando su labor como soldado, a pesar de estar impedido del brazo izquierdo, hasta 1575 combatiendo en ese periodo en las campañas de Túnez y Sicilia.
En 1575 cuando regresaba a España es apresado y trasladado a Argel, lugar en el que estuvo cautivo cinco años, hasta 1580 que regresó a España.
Realizó una misión secreta ejerciendo de espía en Oran entre los años 1581 y 1582, actuando de emisario especial del rey Felipe II.
En diciembre de 1584 se casó en Esquivias (Toledo) con Catalina de Salazar y Palacios, permaneciendo es esa localidad hasta abril de 1587, poco más de dos años, momento en el que comienza su periodo de Comisario de provisiones para la Gran Armada que se estaba formando para invadir Inglaterra y de recaudador de impuestos de la corona con posterioridad. Este intervalo de tiempo como funcionario se prolonga hasta 1601.
De toda esta ajetreada vida de idas y venidas, puede inferirse que tuvo poco tiempo para formarse y para adquirir conocimientos. La única formación cultural “constatada” que le conocemos es la asistencia por un breve periodo de tiempo a las clases impartidas por Juan López de Hoyos profesor de gramática y de humanidades en el estudio de la Villa de Madrid, este aprendizaje se realizó por unos escasos meses entre los años 1568 y 1569.
Según la biografía “oficial” Miguel de Cervantes no sabía leer en griego, sabía poco latín, no con la suficiente soltura como para leer a los clásicos, las obras de Ovidio o de Virgilio, por lo que la única forma posible de acceder a los conocimientos clásicos debió supuestamente ser a través de una especie de diccionarios enciclopédicos de mitología (eran el “Google” o la “Wikipedia” de los siglos XVI y XVII) que manejaban los autores del Siglo de Oro, llamados Polianteas, Silvas o Repertorios, la mayoría de los cuales estaban en latín y tampoco pudo entenderlos a la perfección, si exceptuamos la obra “Silva de varia lección” de Pedro Mejía en castellano (con ediciones publicadas entre 1540 y 1551, la última que revisó el propio autor); pero si hacemos caso a Miguel de Cervantes, él mismo se burlaba -en el prólogo de la Primera Parte del Quijote– de quienes utilizaban ese recurso por fingir una erudición que no tenían.
La biografía real de Miguel de Cervantes está por descubrir, ya que para escribir el Quijote con sus citas a los clásicos había de ser un perfecto conocedor de la antigüedad, de las obras en latín, de las obras en griego y de la Historia Sagrada.
Si Cervantes no utilizaba las Polianteas, Emblemas, Officinas, Silvas, Repertorios o Florilegios ¿Dónde y cuándo aprendió griego ya que algunas obras no fueron traducidas al castellano hasta el siglo XVIII, como la Odisea? ¿Dónde y cuándo estudió a los clásicos romanos y griegos, ya que mostró conocerlos con detalle para escribir las citas y las referencias que a ellos figuran en el Quijote?
Alonso M. Cobo Andrés
Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan
































































