Una de las tradiciones más arraigadas en Alcázar de San Juan es la de acudir cada 3 de febrero a la parroquia de Santa María para venerar la imagen de San Blas, además de comprar los tradicionales “Rosquillos de San Blas”, conocidos como protectores de la garganta. El consumo de estos dulces se vincula con la bendición del santo, convirtiéndolos en un símbolo de devoción y tradición local.
Para mayor comodidad de los asistentes, la espera se realiza en el interior de la parroquia, evitando así las largas colas que antes se formaban en la calle en una fría mañana de invierno. Esta medida, que comenzó durante la pandemia, se mantiene hoy en día y permite que los fieles aprovechen el tiempo para realizar oraciones y peticiones al Santo, así como a la Virgen del Rosario, aún expuesta por la festividad de la Candelaria.
La jornada comenzó temprano: a las 9 de la mañana, el párroco de Santa María, Javier Quevedo, bendijo los rosquillos, momento a partir del cual se pusieron a la venta. Desde primeras horas de la mañana, los devotos empezaron a llegar y a formar largas colas, que a las 07:50 ya superaban los 60 metros, mostrando la gran expectación que despierta esta tradición.
Este año se han elaborado más de 5.000 bolsas de rosquillos, un trabajo coordinado por alrededor de 40 voluntarios de la parroquia desde principios de enero. La labor incluye preparación de ingredientes, elaboración, embolsado y traslado de las cajas, una tarea que no sería posible sin la colaboración del Horno de Espinosa, cuyo apoyo anual es muy valorado por la comunidad.
El párroco ha destacado la dedicación y esfuerzo de todos los voluntarios, señalando que la venta se desarrolla a muy buen ritmo y se espera que finalice en poco tiempo, consolidando así esta tradición centenaria que combina fe, gastronomía y participación comunitaria en Alcázar de San Juan.














































































