En los últimos años, el diseño de interiores ha vivido un cambio silencioso pero profundo. Frente a espacios excesivamente neutros o impersonales, arquitectos y diseñadores han empezado a buscar materiales capaces de aportar identidad sin recurrir a soluciones estridentes. En ese camino, los revestimientos artesanales han recuperado protagonismo como una forma de introducir textura, matiz y carácter en los espacios habitados.
Este interés no responde a una nostalgia por el pasado, sino a una necesidad actual de crear interiores más humanos, menos estandarizados y más conectados con el material. Dentro de esta tendencia, dos soluciones tradicionales han encontrado un nuevo encaje en el diseño contemporáneo: las baldosas hidráulicas y el zellige.
Tradición que se adapta al presente
Ambos materiales comparten un origen artesanal y una fuerte carga cultural, pero su uso actual ha evolucionado de forma notable. Ya no se aplican como antaño, cubriendo grandes superficies de forma uniforme, sino que se integran con criterio, dialogando con materiales actuales y respondiendo a nuevas formas de habitar.
Las baldosas hidráulicas, con su precisión geométrica y su riqueza gráfica, aportan orden visual y ritmo. El zellige, por su parte, introduce irregularidad, brillo y una relación muy particular con la luz. Esta diferencia es precisamente lo que los hace tan interesantes cuando se utilizan desde una mirada contemporánea.
Dos lenguajes, un mismo objetivo
Aunque visualmente son muy distintos, ambos materiales cumplen una función similar en el espacio: romper la uniformidad sin generar ruido. Su presencia aporta profundidad y hace que el interior se perciba como algo construido con intención, no como una suma de decisiones aleatorias.
El zellige funciona especialmente bien en superficies verticales, donde su esmalte refleja la luz de forma cambiante a lo largo del día. Las baldosas hidráulicas, en cambio, destacan en pavimentos o zonas donde el patrón puede desplegarse con continuidad y marcar el ritmo del espacio.
Superficies que se sienten, no solo se ven
Uno de los grandes valores de estos materiales es su dimensión sensorial. No son superficies completamente lisas ni visualmente planas. Tienen textura, relieve y pequeñas variaciones que se perciben tanto al tacto como a la vista.
En un momento en el que muchos interiores tienden a la homogeneidad, este tipo de materiales introduce imperfecciones controladas que hacen el espacio más cálido y cercano. La luz no se refleja de forma uniforme, el color no es idéntico en cada pieza y eso genera una sensación de vida difícil de conseguir con materiales industriales.
Uso medido y estratégico
Una de las claves del éxito actual de estos revestimientos es el uso contenido. Ya no se trata de cubrir todo, sino de elegir bien dónde y cómo aplicarlos. Un frente de cocina, una pared de baño, un recibidor o una zona de transición pueden convertirse en puntos focales gracias a estos materiales.
Este uso estratégico evita la saturación y permite que el material respire. El espacio gana carácter sin perder equilibrio, algo fundamental en proyectos residenciales contemporáneos.
Integración en proyectos actuales
Empresas especializadas como Demosaica han contribuido a esta evolución, adaptando estos materiales a las necesidades técnicas y estéticas actuales. Formatos, acabados y combinaciones se ajustan a proyectos que buscan un lenguaje propio sin renunciar a la funcionalidad.
Esta adaptación ha permitido que tanto el zellige como las baldosas hidráulicas encuentren su lugar en viviendas modernas, hoteles, espacios comerciales y proyectos contract, donde se exige durabilidad y coherencia visual.
Más allá del estilo decorativo
Uno de los errores más comunes es asociar estos materiales a un estilo decorativo concreto. En realidad, su versatilidad permite integrarlos en ambientes muy distintos. Desde interiores minimalistas hasta espacios más eclécticos, su función no es imponer un estilo, sino enriquecerlo.
Cuando se utilizan con criterio, actúan como una capa más del diseño, aportando profundidad sin condicionar el conjunto.
Materialidad frente a superficialidad
El auge de estos revestimientos también responde a una reacción frente a soluciones puramente decorativas. Frente a acabados que imitan otros materiales, el zellige y las baldosas hidráulicas son lo que parecen. No pretenden aparentar, sino ser.
Esta honestidad material conecta con una forma de diseñar más consciente, donde el valor está en el proceso, el origen y la durabilidad, no solo en la apariencia inmediata.
Espacios que envejecen con dignidad
Otra de sus grandes virtudes es su capacidad para envejecer bien. Con el paso del tiempo, estos materiales no pierden valor, sino que lo ganan. Pequeñas marcas, variaciones de color o desgaste natural refuerzan su carácter y los integran aún más en la vida cotidiana del espacio.
En una época en la que se cuestiona el consumo rápido y la obsolescencia, apostar por materiales que mejoran con el uso es una decisión coherente y responsable.
Interiorismo con criterio y profundidad
La recuperación de estos materiales no es una tendencia pasajera, sino parte de una reflexión más amplia sobre cómo habitamos los espacios. Introducir superficies con identidad es una forma de diseñar interiores que no buscan impresionar de inmediato, sino acompañar a largo plazo.
En ese equilibrio entre tradición y contemporaneidad, estos revestimientos encuentran su lugar natural, aportando carácter, textura y una sensación de autenticidad cada vez más valorada.


































































