Soy una persona a la que los cambios no le asustan por sistema. Sin embargo, sí me inquieta cuando la gente muta en una dirección insospechada y lo hace siguiendo un patrón.
Por ejemplo, suelo hacer chistes con que he visto a las mejores mentes de mi generación degenerar por tener que opinar de todo. Es un oficio, el de opinólogo, que tiene sus riesgos laborales no reconocidos. No le pasa a todos, como no todos los albañiles se caen de un andamio, entendedme.
Una vez, un escritor me dijo que si quería un consejo, desde su extensa experiencia, no fuera a trabajar a la tele. «La tele me ha destrozado la vida», me confesó, y después describió cómo empezó a opinar de cosas en mesas de debate y que, sin darse cuenta, se metió en un bucle de estar cada vez más enardecido y decir cosas cada vez más locas, que al principio ni pensaba, pero que se llegó a creer, y que eso casi acaba con él.
Han pasado los años y no se me olvidan estas palabras. Siempre he pensado que opinar de todo tiene que hacer que peligre la capacidad de abarcar conocimientos, de recopilar pruebas suficientes para cada caso, de ver los grises en temas complicados y, quizá lo más importante, que peligre el concepto de la importancia propia. No se puede ser experto en todo, pero si constantemente tienes que parecerlo, es bastante probable que te acabes creyendo que lo eres.
Siempre me ha aterrado la posibilidad de que sea cierto que soy una creadora de opinión. Una vez me lo dijeron y creo que me molestó tanto porque me da miedo. Yo no quiero que la gente me siga, quiero que sea libre, pero es cierto que, si lo hacen, me sale más trabajo, me hago más popular, se me lee más.
Es útil, para mí que no soy rica, que esto me dé trabajo porque ayuda a que se me conozca. Por eso creo que es tan riesgoso: porque yo no rechazaría un trabajo de opinóloga, aunque no me gustase, aunque no creyese que mi opinión es relevante, porque ayuda a comer. He visto a mucha gente perder la dignidad y un poco la cabeza por aceptar ubicarse de opinólogo, porque le venía bien para poner en la mesa unas lentejas o para pedir una hipoteca. ¿Y por qué? No sólo porque la popularidad ciega, sino porque uno es esclavo de sus declaraciones de opinólogo.
En la opinología, está mal visto cambiar de parecer o admitir un error. En la opinología, todo el mundo muere con las botas puestas. Y si tu público cree que eres una cosa, aunque no lo fueras en origen, aunque tu esencia original detestase lo que creen que eres, te acabas convenciendo de que eso te va bien y, al final, mucha gente vende su alma y se convierte a lo que creen que les seguirá pagando lentejas e hipotecas.
Verlo una vez tras otra resulta aterrador.






































































