A posteriori, cuando vemos un horror, o un grandioso error histórico, suele ser bastante sencillo darse cuenta de qué fue aquello que lo desencadenó. Es fácil ver las señales, decirse que en tal caso este o aquel fue estúpido, o que resulta incomprensible cierto viraje ideológico. Pero en el momento, cuando uno está en ese presente de la historia, no se ve tan sencillo. Y cuando se ve, o cuando el cuerpo nos quiere indicar que algo no va bien, no sabemos qué hacer, cómo detenerlo o cambiarlo.
En el momento, los cambios no son de la noche a la mañana. La gente se enfada, se radicaliza o cambia de ideología poco a poco. El miedo ayuda a que cedamos el control a otros. Por lo que sea, el ser humano tiende a fiscalizar su libertad a cambio de una falsa sensación de certeza. Aquellos que dan mensajes sencillos, categóricos, que prometen soluciones totales y que saben muy bien a quién culpar aunque sea con falsedades se alejan de lo cierto —que la realidad es compleja—, pero alcanzan con mayor maestría los corazones de quien necesita certidumbre en época convulsa.
Luego está lo otro, claro, los que lo hacen porque se arriman al sol que más calienta. O porque en un momento determinado tomaron decisiones que pensaron en corregir después, pero cuando quisieron darse cuenta se habían convertido en otras personas. Unas personas nuevas que se han acomodado del lado incorrecto de la historia. No me importa lo que digan, ni que la historia la escriban los ganadores: gane quien gane, el lado incorrecto es el de los que se aprovechan del débil, los que fomentan el miedo al diferente y los que alientan el odio para no perder sus privilegios. Me da igual que sus armas sean las redes sociales o misiles de largo alcance, el lado incorrecto es el mismo, sólo varía el nivel de responsabilidad.
A veces, en el lado incorrecto se está a gusto. Siempre parece seguro porque uno tiene siempre alguien a quien echar la culpa. La fuerza bruta, a muchos, les conforta. También reconforta sentirse especial por haberse dado cuenta de que algo que resulta políticamente correcto tiene grietas. Por eso los teóricos de la conspiración proliferan y se sienten tan listos. No se dan cuenta de que, como decía Leonard Cohen, hay una grieta en todo. Es por ahí por donde entra la luz.
La coherencia exacta no existe. No somos mágicamente pulcros. Creerlo, acaba deformando grandes palabras como «libertad». Lo único que podemos hacer, y que quizá sí nos ponga en el lado correcto, es buscar siempre lo mejor para el grupo. Y, si lo es realmente, no necesita grandes gestos publicitarios para vindicarse.
En los últimos tiempos, veo demasiado gesto grandilocuente y publicitario y poca acción real por el bien común. Quizá es por habernos convertidos en esclavos del ser nuestro propio producto. En redes sale barato defender todas las causas.
Algunos, desde su torre de marfil, incluso defienden las bombas.




































































