Últimamente reflexiono bastante sobre el éxito, qué es y para quién lo es. Mi conclusión, no demasiado original, es que no es algo objetivo y medible. Para cada persona es una cosa distinta, y esto explica que exista gente que envidia a personas que, en el fondo, son profundamente infelices.
Hay quien piensa que el éxito es ganar mucho dinero, pero siempre me pregunto si es igual de éxito si has sacrificado demasiadas cosas por el camino. Si has dejado de ser tú mismo, o te has perdido las cosas bonitas de la vida por ganarlo —la familia, los amigos, el disfrutar de los pequeños placeres—, ¿qué objetivo tiene ganar muchísimo dinero? El mundo está lleno de gente que amasa fortunas a costa de no tener tiempo para disfrutarlas o a costa de haber vendido su alma.
Hay quien cree que el éxito está en el reconocimiento social, que está muy bien y es muy agradable, ¿pero de verdad vamos a dejar en manos de los demás lo que es importante para nosotros mismos? El éxito social es caprichoso y, además, no es garantía de nada. No es objetivo. Puedes tener muchos reconocimientos y secretamente pensar que no los mereces. ¿No os llama la atención la cantidad de artistas laureados que no pueden con con la vida? El síndrome del impostor, basado o no en una realidad, es algo que verdaderamente puede destrozarte en un momento dado.
¿Cuántas veces pensamos de un personaje público adicto o suicida: «pero si lo tenía todo»? Es evidente que no, que lo que le faltaba era demasiado grande, demasiado importante. O que no supo apreciar lo que tenía por enfocarse en lo que le faltaba.
Demasiado a menudo nos centramos en el fracaso, en lo que no podemos hacer, en vez de en lo que sí. La ficción tiene mucha culpa a veces, porque está llena de personajes que esperan que sus problemas se resuelvan de manera mágica (y en ficción muchas veces así es). Demasiado a menudo pasamos por alto lo que tenemos, lo que hemos logrado, o las pequeñas cosas de la vida que nos hacen felices. No voy a negar que las penas con la cuenta y la despensa llenas son menos. De hecho creo que ambas cosas son la base para tener menos penas. Pero el resto lo construimos nosotros. A lo mejor no necesitamos el exceso, sino, una vez solucionado lo gordo, disfrutar de lo que nos proporciona esa tranquilidad.
Eso pienso, aunque cada vez estoy más convencida de que el éxito, el verdadero, está en saber si la persona adulta en la que te has convertido haría sentirse orgullosa a tu yo de seis años. Si eso ocurre, si te lo preguntas y la respuesta es sí, has tenido éxito en la vida. Un éxito que no depende de nada externo, sino de ti mismo, porque has hecho feliz al niño que fuiste, y eso no es comparable a ninguna cosa. Es un lujo al alcance de pocos.




































































