Hace poco fue mi cumpleaños. Casi siempre por esas fechas acabo haciendo un repaso de lo que es mi vida hasta ese momento, y sinceramente, cada vez aprecio más descubrir que las personas que fui no son la que soy, o al menos no por completo.
Hay una creencia bastante extendida sobre el cambio en las personas como algo malo, y yo no creo que sea necesariamente así. Muy por el contrario, si no fuésemos capaces de ser distintos a nosotros mismos, no nos veríamos sorprendidos por la vida, haciendo cosas que jamás habíamos imaginado cinco años antes. Siempre he dicho que sigo viva por curiosidad, y esa curiosidad me hace viva, valga la redundancia.
No hay nada que me excite más que la palabra «posibilidades». Todo lo que mutila la potencialidad de una elección me mata un poco. Yo necesito un abanico. Supongo que hay personas en el mundo que se tranquilizan con lo controlado, lo unidireccional y lo predecible. Sin embargo, no puedo evitar pensar que todas las veces que nos obligan a tomar decisiones que creemos para siempre y que nos vemos obligados —no sé muy bien por qué— a mantener en el tiempo, nos están mutilando algo precioso.
Creo que las consultas de los psicólogos están llenas de personas que creyeron que era su obligación soportar para siempre las consecuencias de una decisión que tomaron en un momento dado, porque no creen tener derecho a cambiar de idea. En ese sentido, siempre he defendido que donde Julieta Venegas dice «no voy a llorar ni decir que no merezco esto, porque es probable que lo merezco, pero no lo quiero» está haciendo algo muy importante: señalar que podemos elegir qué es lo que queremos en nuestras vidas, aunque si somos totalmente congruentes merezcamos otra cosa.
No hablo de responsabilidades adquiridas que hay que mantener, por supuesto, como cuidar de tus hijos o no abandonar a tu perro. Hablo de otro tipo de decisiones vitales, como haber elegido la carrera que te hace infeliz, el marido que te hace infeliz, o el trabajo que te hace infeliz. No hay nada de malo en decidir que esa carrera de ingeniero te está llevando al borde de la depresión, no es una pérdida de dinero ni de tiempo si para lo que te ha servido es para saber que lo que te va a llenar es ser jardinero. No hay nada de malo en elegir una vida diferente, sea más sencilla o más ambiciosa.
Se pueden tener muchísimas vidas, algunas inimaginables, y yo creo que, actualmente, lo que prima es la sensación de que cada decisión que se toma es irreversible. Cada vez hay que tomar decisiones que parecen más relevantes a menor edad. ¿Cómo vas a saber con doce años que lo que quieres es ser informático y no historiador? Por mucha vocación que uno tenga, se mutila la posibilidad posterior de descubrimiento si crees ciegamente que lo que elijas será, con todas las consecuencias, para toda la vida.




































































