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Alcázar de San Juan

San Antón

María Soledad Salve Díaz-Miguel | Francisco José Atienza Santiago

TALLERES MANCHEGOS Mayo 24DEPURMANCHA 2021
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Es en el recuerdo de nuestros mayores donde la festividad de San Antón aparece mas nítida, pues a la celebración religiosa se unía toda una competición de buen cuido y adorno de sus caballerías, en cuyos traseros se hacían a punta de tijera por los esquilaores del momento dibujos como estrellas, ramos, cálices, letras, etc.; y las mulas cubiertas con sus mantas bordadas salían a correr a San Antón, un rito que con los años se ha ido perdiendo, y cuyo origen se remonta a tiempos muy antiguos.
El culto a San Antonio Abad o San Antón, es una muestra más de la fusión de la naturaleza y la cultura, asociada a las prácticas precristianas relacionadas con la adoración al fuego y la protección al ganado. Este culto se ha mantenido hasta nuestros días gracias, a que se ha ido adaptando con el paso del tiempo a las circunstancias cambiantes de la sociedad, ya que al mecanizarse el campo y decrecer la explotación ganadera, la necesaria protección a los animales se ha cambiado, siguiendo la nueva sensibilidad ecológica, por la de bendecir a las mascotas domésticas.

Este monje “viejo” y barbudo, se representa vestido con hábito talar oscuro o marrón, cubierto con un manto con capucha y en este caso, con una banda con motivos florales que le cubre todo el cuerpo. Aparece apoyado en un báculo de abad o bastón que termina en T; a veces se adorna con la letra Tau sobre el manto a la altura de los hombros (antonianos) y un libro abierto en una mano; y se completa con la campanilla que cuelga o está inserta en el bastón (según Grace Sill —1975— para expulsar a los demonios), y en ocasiones suele ir acompañado con una llama de fuego bien sobre la mano, sobre el libro o en el suelo de la imagen y un cerdo a los pies (a veces de éste cuelga también la campanilla). Estos son los signos que se han generalizado en la iconografía de San Antón: los Evangelios, la Tau, el cerdito, la campanilla y el fuego. Si analizamos su simbología, la Tau estaba inspirada en los enfermos del “fuego de San Antón”, y reproducía la muleta estilizada donde se apoyaba la persona con pérdida de algún miembro de su cuerpo. De la misma manera que reconocemos a san Roque por el perro, el cerdito es la representación animal más popularizada en la imaginería de San Antón, así lo recuerda la coplilla popular que dice:

San Sebastián fue francés y san Roque, peregrino.
Y lo que lleva a los pies, san Antón es un cochino.

Algunos autores piensan que esta representación del cerdo está unida al fervor a san Antonio, pues él enriquece a sus devotos sanando los ganados y preservandolos de la muerte. Hasta hace algunos años era tradición en Alcázar de San Juan, dar tres vueltas al atrio de la iglesia parroquial de Santa María con las mulas utilizadas en las faenas del campo, para que el santo las bendijera y no se muriera ninguna durante el año.

Por lo que respecta a la campanilla que acompaña al santo, simboliza la forma de pedir limosna los antonianos, recorriendo los pueblos con un carro tirado por un macho que llevaba colgado al cuello una especie de estandarte, del que pendían unos campanillos con la cruz de San Antón. Otro significado de este elemento estaría relacionado con aquellos que, buscando la protección del Santo o bien los benefactores de la cofradía, donaban un cochinillo a los Antonianos, y estos colgaban una campanilla del cuello o a la oreja del animal soltándole por las calles para que las gentes lo alimentasen. Cuando el cerdo era sacrificado aquéllos recibían el precio correspondiente o los jamones del animal.
El símbolo del fuego, muestra a San Antonio Abad como el vencedor del fuego de las tentaciones. Para la mentalidad actual puede resultar un tanto extraño este planteamiento, pero si nos acercamos a la época medieval en la que la medicina vivió una profunda crisis científica y profesional aprovechada hábilmente por charlatanes, embusteros, astrólogos y aventureros, unida a un periodo de exaltación de las reliquias milagrosas, podemos entender fácilmente la situación idónea que se crea para orientar la capacidad curativa hacia el poder de las fuerzas sobrenaturales, en detrimento de la actuación técnica. En la actualidad la quema de las hogueras es una práctica muy extendida y siempre se realizan la víspera de la festividad del Santo.
Pasados los años fue elegido como patrón por algunos gremios, de manera especial con los relacionados con los animales domésticos, como pastores, carniceros y labradores, y también por aquellos artesanos en cuyo oficio intervenía el fuego, como los fundidores, panaderos, alfareros, o salitreros. Relacionado con estos últimos el franciscano Blas Antonio de Ceballos en su obra de 1685 cuenta que en la villa de Alcázar de San Juan, no hace muchos años que había por su Majestad un Administrador de la Fábrica Real, pagas de salitre, y salarios de los Obreros de la pólvora, que se llamaba Don Agustín Grafion, del Orden de Calatrava. Este Caballero hacía siempre la fiesta a San Antón, en la que se buscaba un predicador bien de la villa o forastero para dar un sermón de lucimiento. Y un año, por ahorrar gastos o porque se descuidó, no la celebró, y el castigo divino en forma de fuego surgió como arma destructora del molino de pólvora. Su necesaria reconstrucción costó más de lo que se habría gastado en su festividad pero sirvió para avivar el fervor al Santo, y así en la Fiesta primera, que le hicieron en obsequio suyo, me avisan, que cantaron unas coplillas, y una de ellas decía:

San Antón tiene jurado,
por vida de su cochino,
que sino le hacen la Fiesta,
que ha de volar el molino.

Y siguiendo el relato milagrero, cuenta el mismo autor que en la villa de Alcázar tiene por instituto sus moradores, de muchos años a esta parte, en reverencia de San Antonio, guardar abstinencia la víspera de su día; y estando el Prior de la Orden de San Juan en Consuegra, acordaron sus Alcaldes, Don Francisco Ximenez Almaguer y Don García Seraphin de Aguilera (noble y pechero) ir a besarle las manos en señal de respeto. Hicieron el viaje por el mes de Enero del año de 1681, un día antes de la víspera de San Antón; y habiendo concluido su misión se volvieron a sus casas y Don Francisco aunque le avisaron, que era víspera del Santo, no por esto observó el comer de abstinencia, antes, con gran escándalo, y sin temor alguno, comió de carne, diciendo, que a él, ni a otro alguno le obligaba guardar abstinencia, sino solo a aquellos, que están en semejantes días dentro de la villa, y no a los que estaban ausentes de ella. Pero al llegar a su casa D. Francisco vio como se había prendido, sin saber como, una acina grandísima de leña que tenía en un corral. De nuevo el fuego se convertía en castigo, y aunque salió a la calle pidiendo socorro a sus vecinos y en breve corrió la voz, pero mas corrió el fuego, pues desde la plaza veían las llamas por encima del frontispicio de la Capilla de la Vera Cruz, que está muy alta, cosa que causo gran espanto; y se tiene por cierto, que a no haber invocado todos el nombre de San Antón, hubiera sucedido un horroroso estrago, solo la leña peligró, cesando milagrosamente el fuego; y en reconocimiento de tan gran beneficio los alcazareños hicieron al día siguiente que era el propio de la Fiesta del Santo una solemne función, incluida su Octava, en la Iglesia Mayor de Santa María.
Con el paso del tiempo, la abstinencia se ha transformado en un festejo nocturno en el que alrededor de las hogueras, manifestación principal de la celebración, la noche del 16 al 17 de enero se comen Tortas en Sartén y se asa cualquier parte del cerdo y sus derivados; y en la actualidad, aunque la festividad se conmemora el fin de semana más cercano a ella, se conservan junto con las hogueras los demás ritos como la bendición de los animales, la procesión, el sorteo del cerdo, la rifa, etc. Estas tradiciones tienen sus variantes en las poblaciones cercanas, por ejemplo en Villarrubia de los Ojos se queman hogueras la víspera por la noche quedando encendidas a las puertas de las casas; se hacen carreras y se reparte el puñao de garbanzos y cacahuetes. En Tomelloso al igual que se hace en Alcázar, la noche antes de la procesión del Santo se reúnen trastos viejos, gavillas de sarmientos, cepas, etc. para hacer las hogueras y se asan productos de la matanza del cerdo. En Villafranca de los Caballeros, a estas hogueras las llaman guerras. En Almagro, las hogueras reúnen a los vecinos, se come somallao, patatas asadas, chorizos y limoná.
Así en el frío mes de enero el calor de las hogueras de San Antón y de San Sebastián se transfiere y se convierte en cálida vida social en todas las localidades, sacando la gente a la calle para celebrar una de las primeras festividades religiosas de comienzos del año.

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