El cortisol es una hormona sintetizada a partir del colesterol popularmente conocido como la «hormona del estrés» y que regula una amplia variedad de funciones en el organismo. Entre los procesos en los que interviene se encuentran el control de los niveles de glucosa en sangre, las respuestas inmunitarias e inflamatorias, el metabolismo de azúcares, grasas y proteínas, la presión arterial además de contribuir al equilibrio de agua y sales del organismo.
La secreción de esta hormona no es constante, sus niveles alcanzan su punto máximo en las primeras horas de la mañana para movilizar glucosa y preparar al cuerpo para la actividad física y mental. A lo largo del día, sus concentraciones van descendiendo progresivamente, llegando a su nivel más bajo alrededor de la medianoche, lo que facilita el descanso nocturno y la reparación celular.
¿Por qué sube el cortisol?
El cortisol es la principal hormona del estrés y del peligro, se dispara cuando el cuerpo detecta una amenaza real o imaginaria para activar el sistema de supervivencia y frenar funciones no esenciales.
En la sociedad actual, la causa más común del cortisol elevado es el estrés crónico. La presión laboral, los problemas financieros, los conflictos interpersonales y la ansiedad constante activan su producción, impidiendo que posteriormente los niveles regresen a su línea base.
La mala calidad del sueño y la alteración del ritmo circadiano también influye en los niveles elevados de cortisol. Dormir menos de las horas necesarias, el trabajo por turnos nocturnos o la exposición a luz azul a altas horas rompen el patrón natural de su producción, elevando sus niveles de forma anómala.
La alimentación también influye. El consumo elevado de azúcares refinados, alimentos ultraprocesados y exceso de estimulantes también dispara la producción de cortisol.
¿Qué pasa cuando esta hormona está elevada de forma crónica?
El cortisol no es un enemigo, es fundamental para poder sobrevivir. El problema radica en su elevación crónica que provoca un desequilibrio biológico y un estado de desgaste fisiológico constante.
Existen una serie de consecuencias a largo plazo de los niveles altos prolongados de cortisol:
Por una parte, se incrementa la frecuencia cardíaca y la reactividad vascular, lo que contribuye a la hipertensión aumentando el riesgo de infartos o accidentes cerebrovasculares.
Por otra parte, el exceso de cortisol aumenta la resistencia a la insulina con lo que se incrementa el riesgo de diabetes tipo 2 y acumulación de grasa visceral.
Además, la elevación de forma crónica aumenta la vulnerabilidad a infecciones, favorece la osteoporosis y provoca la inflamación crónica sistémica.
Síntomas del cortisol elevado
Uno de los signos más característicos del cortisol alto es la redistribución de la grasa corporal. Los pacientes suelen notar que ganan peso principalmente en la zona abdominal.
Esto sucede porque cuando el cortisol está alto, el cuerpo entra en «modo supervivencia». El cerebro interpreta que hay un peligro inminente, ordena ahorrar energía y buscar alimentos que proporcionen combustible rápido: azúcares y grasas además de aumentar los niveles de insulina. Por eso, incluso si una persona mantiene una dieta razonable, si sus niveles de estrés son muy altos, el cuerpo se resistirá a quemar grasa y engordará.
Otros síntomas físicos frecuentes incluyen alteraciones en la piel que puede volverse más fina y frágil, apareciendo hematomas con facilidad o estrías de color rojizo o purpúreo, especialmente en el abdomen y los muslos.
Un conjunto de síntomas frecuentes relacionados con el exceso de colesterol son los que se refieren al aspecto emocional: aparece irritabilidad, ansiedad persistente y una sensación de agobio ante tareas que antes resultaban sencillas. También está muy ligado a cambios bruscos de humor, dificultad para concentrarse o fallos de memoria a corto plazo.
El sueño se ve alterado, con dificultad de conciliación y despertares frecuentes que hace que la persona se levante agotado por la mañana.
¿Podemos hacer algo para controlar el cortisol?
No hay una solución milagrosa, pero sí podemos realizar modificaciones en el estilo de vida que nos ayudarán a mantener el colesterol bajo control.
Para empezar, mantener una buena higiene del sueño. Cumplir unos horarios regulares para acostarse y levantarse. Evitar la luz azul de los móviles antes de dormir, ya que esta luz inhibe la melatonina y puede mantener el cortisol alto por la noche, impidiendo un sueño profundo y reparador.
Practicar una actividad física moderada: caminar, nadar, yoga o pilates favorecen la liberación de endorfinas y reducen la tensión acumulada, ayudando a bajar el cortisol.
Utilizar técnicas de gestión emocional como la respiración profunda, mindfulness o ejercicios de relajación que ayudan a calmar el sistema nervioso y disminuir el cortisol.
Mantener una alimentación equilibrada evitando excesos de azúcares y ultraprocesados
¿Y si todo esto falla?
Si notas que tu situación de estrés no es puntual y no la puedes controlar es el momento de consultar a un especialista que investigará la causa y puede proporcionarte la solución más adecuada.
Sagrario Pérez de Agreda Galiano
Farmacéutica adjunta al Centro de Información del Medicamento
Colegio Oficial de Farmacéuticos de Ciudad Real






































































