Hay rincones, edificios o espacios, ciudades en definitiva, que irradian un magnetismo especial, haciendo converger las musas de la creatividad artística hacia un epicentro común. Durante milenios en el mundo antiguo, del creciente Fértil primero, el legado pasó gradualmente a occidente ocupando un referente universal en ciudades cuyo solo nombre evoca nuestra herencia común mediterránea, con Atenas, más tarde Alejandría, quizás Roma, después.
Siglos de conquistas, anexión y extensos kilómetros cuadrados de calzadas, hicieron de aquella primera Europa un espacio común. A salvo de la “barbarie”, intra limes, compartíamos el latín, el derecho, la filosofía y una admiración mutua por los autores del mundo clásico, e incluso hasta unas pautas de ocio junto al calendario agrícola, donde el modelo de familia tradicional (latino) ha permanecido impoluto durante generaciones.
El vino, en ese crisol de pueblos y culturas bajo el mar que los romanos llamaran “nostrum”, fue la piedra angular de una Dieta Mediterránea. Un recetario, que no puede vivir a espaldas de la vida social en la calle, cimentado bajo tres pilares que definen la agricultura comunitaria: cereal, olivo y por supuesto, vid. El mismo vino sagrado, pródigo en parábolas, fuera testigo del primer milagro de Jesús en Caná para los cristianos y sobre todo, en su despedida en la consagración de la Última Cena.
Bajo ese clima tan severo de la canícula estival como rudo en las frías noches de enero, una ciudad rinde homenaje a sus raíces mediterráneas. Lo hace desde la pulsión más interna, su vocación más sensible, respondiendo, con la santa paciencia del labriego que trabaja el viñedo. Manos ásperas de callo, sudor y esfuerzo. Las mismas que horadaron sus entrañas calizas para ser hoy un reclamo que peldaño a peldaño, escaleras abajo, se han convertido en una de las maravillas del enoturismo en La Mancha. Tomelloso y el vino. Tomelloso y sus cuevas. Tomelloso y el arte. Es la conjugación natural de las décadas pasadas del siglo XX en esta ciudad, hoy mecenas de la cultura en La Mancha.
Con sencillez y el aplomo, indómito en sus tintos jóvenes Cencibel, con besos de fruta roja, como la franqueza grácil que desprende una copa de blanco Airén. Capaz de seducir en la caricia coqueta de la segunda copa, la conversación serena, las horas quietas de azul añil y perezosa siesta, pero con la fuerza de un blanco joven en su pubertad aromática en las noches breves de San Juan. Tomelloso ha cristalizado un proyecto para labrar hoy la identidad artística y sensorial que pasará como tesoro a las próximas generaciones.
Como biblioteca que fuera literalmente el faro del conocimiento en el helenismo antiguo, hoy el Museo Infanta Elena de la Bodega-Almazara Virgen de las Viñas es la versión alejandrina, manchega y solaz del arte. Cumpliendo un cuarto de siglo en el Certamen Cultural que nutre sus colecciones, vuelve a sorprender (y regalar) los sentidos con una muestra, ’50 artistas de la escuela de París’, que se puede disfrutar hasta el mes de julio.
Así como Peggy Guggenheim en las décadas posteriores de la II Guerra Mundial fue capaz de canalizar el genio del arte contemporáneo de la vieja y asolada Europa, trasvasando obras, estilos y protegiendo a sus pintores, Tomelloso y su cooperativa han encendido (y mantenido viva) la llama creativa en una ciudad que respira el arte de sus pinceles en primera persona. Solo así somos capaces de degustar, catando a trago largo y sencillo, una exposición con firmas como Picasso, Dalí, Miró o Juan Gris con la naturalidad y el hábito que lo harían en alguna capital europea. Así es La Mancha, pura, sin alardes, en esencia tan genuina y capaz de inspirar la más universal de las novelas, pero sin perder la extensa mirada en su vasto horizonte.
Porque ya lo dicen: de París, vienen los niños y de Tomelloso, el arte.







































































