A veces el ruido del mundo me desordena. Suelo creer que tengo las cosas muy claras y que más o menos también tengo claras las que no tengo claras en absoluto, pero el ruido, ese zumbido incesante, me desconcierta.
Recuerdo muy bien cuando el ruido era mínimo. No tiene que ver con la edad, que ya os veo venir. No soy una persona melancólica y creo que cada edad tiene sus cosas buenas. Estoy casi segura, de hecho, de que estoy en mi mejor momento salvo algún achaque. Pero sí que me parece que antes, en el mundo analógico, había menos ruido. O, al menos, yo lo recuerdo más silencioso.
Os preguntaréis qué entiendo por ruido, y yo que soy fan de la teoría de la comunicación, diría que «cualquier cosa que estorbe que el mensaje llegue». ¿Y qué entiendo por mensaje? Cualquier cosa que haga la vida mejor. Es así de sencillo.
Por lo tanto, entiendo por ruido todo lo que complica nuestra existencia: el estrés, la autoexplotación, la prisa, la envidia… todo esto que me parece que ha traído internet, que prometía hacernos la vida más fácil, y sí, no lo niego, pero al mismo tiempo con una cantidad de precios que hay días que me levanto sin ser capaz de tolerarlos. El estar siempre conectados hace ruido dentro de nuestros cerebros, un zumbido con el que no sé cómo es capaz el mundo de pensar en algo productivo. A lo mejor no lo es y por eso últimamente salen estudios todo el rato diciendo que cada vez somos más tontos. Yo no creo que seamos más tontos, sí creo que estamos sobrecargados. Recibimos un bombardeo incesante de información que puede ser o no cierta, y que muy a menudo está dirigida a complacernos, y eso lo que quiere decir es que consigue que nos aferremos con cada vez más fuerza a lo que somos nosotros mismos como individuos: exacerbe nuestra paranoia y nuestras obsesiones y envidias, desgaste nuestra capacidad de comprensión del ajeno, rompa nuestra tolerancia a la frustración. Esto hace que el ser humano como animal gregario se esté estropeando, y que el individualismo triunfe en una sociedad que, en realidad, siempre triunfó más con lo colaborativo. Lo único que ha salvado siempre al ser humano ha sido el grupo.
Por otro lado, también este ruido da una sensación de disponibilidad total que me enferma. Me han llegado a mandar mensajes de trabajo a las cuatro de la madrugada. «Pero no lo leas ahora, es para mañana». Ya, pero si me pilla despierta o he olvidado desconectar el sonido, me pongo en modo trabajo y ya no duermo. La privación de sueño es una forma de tortura, señores. Recordemos esto siempre.
La última película de terror, para mí que he tenido un acosador, es que la gente comparte su ubicación veinticuatro horas. No lo voy ni a comentar, sinceramente.
Me encanta internet, pero hay días, semanas y meses que no puedo soportar el ruido que conlleva.








































































