Se me da mal fingir que me tomo en serio a mí misma, o incluso que me tomo en serio algunas cosas ajenas a mí. Soy por naturaleza relativista, optimista y guasona, lo que, me parece, me ha dificultado un poco la vida en más de una ocasión.
Mi tendencia natural es quitarle hierro a los asuntos, porque me da la sensación de que, si me lo tomo demasiado en serio, si creo en los absolutos, si me cierro a las opciones y no me río un poco, simplemente no soy resolutiva. Me bloqueo. A mí, la gravedad, la seriedad, el peso, me bloquean lo que de verdad se me ha dado bien siempre, que es buscar soluciones. De hecho, si me da alcance lo otro, necesito llorarlo o gritarlo, desahogarme, para poder empezar a pensar con claridad. A mí el poder reírme un poco y pensar que hay un camino que lleva a alguna otra parte me ha salvado en casi todas las ocasiones, porque he encontrado cómo flotar en los barcos que se hunden. Sin embargo, también he tenido la ocasión de comprobar que lo que triunfa es lo otro: el tremendismo y el hacerte el importante al final acaba por hacer creer a los demás que eres alguien muy serio y con muchas cosas que decir.
A veces pienso si esto no será también una cosa segregada por sexos. He visto a mucho idiota dándose importancia vacía y a mucha mujer mucho más válida quitándole importancia a las cosas para poder resolver lo que el que se daba importancia sería incapaz de asumir en el mismo contexto. ¿Será educativo? ¿Será que los pobres hombres a menudo son educados para fingir que son fuertes y poderosos y muy muy serios independientemente de que lo sean y por eso está mejor visto en un primer mundo patriarcal? Y esto podrá traerles cierto estatus, pero la verdad es que no sé si compensa, lo de «pobres» lo decía sin ironía. A mí los trabajos inútiles, sinceramente, me apenan bastante, y en lo social estamos plagados de ellos. También, por desgracia, veo que lo de darse aires de grandeza lo adoptan muchas mujeres que esperan así ser tomadas en serio y que esconden síndromes del impostor descomunales. Yo estaría a estas alturas de frenopático. Quizá eso explique que la gente me diga que soy muy cercana, como si tuviera que comportarme como una diva trasnochada, cosa que no entra en mi cabeza. Por lo general, sé ponerme muy seria si la ocasión lo requiere, pero no me gusta y, por supuesto, no estoy capacitada para hacerlo a cambio de estatus.
No os creeríais la cantidad de veces que he analizado discursos vacíos, pero que convencen a muchísima gente por estar dichos de una manera concreta. He detectado varios síntomas: repetición, tremendismo, seriedad. Luego, dependiendo de si estás en un ámbito intelectual o político, la cosa varía. Los políticos tienden a simplificar cosas muy complejas. Los intelectuales, a complicar las cosas sencillas.






































































