Mano de obra estupidizada logrando la excelencia. Creo que tenemos un problema con encontrar el equilibrio que afecta a todos los aspectos de nuestra vida. Por ejemplo, y he reflexionado mucho sobre esto últimamente, tenemos un problema con el concepto de «enfocarnos en algo». Está muy bien aprender a no dispersarnos para ser capaces de acabar aquellas cosas que comenzamos, aprender a concentrarse en una tarea cada vez. Sin embargo, si hablamos de áreas de conocimiento, empiezan los problemas. Y estos problemas empiezan porque se tiende a mezclar todo. No es lo mismo prestar atención a una sola cosa cada vez que prestar atención a una sola cosa para siempre.
El mundo nos empuja a especializarnos y, además, a hacerlo cada vez antes. Ya desde adolescentes nos obligan a tomar decisiones que parecen irreversibles —no lo son, pero muchas veces son complicadas de reorientar— sobre lo que va a ser nuestro futuro PARA SIEMPRE. Pongo esto en mayúsculas porque nos lo subrayan bastante, ya que vivimos en un mundo en el que parece que cambiar de idea no vale y, desde que internet puede dejar tus errores a la vista de todos sin fecha de caducidad, lo que hagas será definitivo. La vida es otra cosa, así que ese es el primer error: prácticamente todas las decisiones que tomamos que no lleven a un desastre con víctimas mortales suelen tener remedio. Es decir, no podemos vivir pensando que está al mismo nivel coger el coche borracho y atropellar a dos personas que haber elegido letras en vez de ciencias cuando todavía tu personalidad ni se había terminado de formar. Es demencial.
Además, la especialización a menudo lleva a la estupidez, porque mutila las inquietudes múltiples. Es decir, tú puedes ser un increíble catedrático de griego clásico y, a la vez, leer por las noches estudios de física cuántica, y eso nos dicen que es malo. Nos dicen que si lees sobre física, estarás descuidando el griego, que es lo que te da de comer. Parece que estoy haciendo una caricatura, pero en realidad los mensajes que recibimos constantemente nos llevan a este tipo de pensamiento sesgado que nos convierte, además, en seres profundamente infelices.
Resulta que el ser humano es un ser inquieto, y que parte de su felicidad depende de aprender cosas nuevas, de tener planes. Si no los tienes, si tienes que enfocarte toda tu vida en resolver el enigma de cómo fabricar el tornillo perfecto, sin poner los ojos en ver cine o leer sobre los avances en investigación de cáncer de mama, te pudres. Es así. Necesitamos lo que nos inquiete, y necesitamos la variedad. Empujar a lo específico, desde muy pequeños, y además diciéndonos que eso es lo que debe ser porque así somos mejores y más eficaces, es una falacia perversa para que los dueños de ese mundo neoliberal terrorífico en el que nos estamos sumergiendo tengan mano de obra estupidizada que no los cuestione jamás.
¿Y sabéis qué es lo peor? Que lo disfrazan de «lograr la excelencia». Menudo timo.








































































