Una cosa que me parece bastante peligrosa es que la gente ya no crea en la intimidad. Yo, que soy una ferviente defensora de ella, porque me parece que es la base de una salud mental equilibrada, vivo horrorizada y, además, me enfado muchísimo cuando la violan. En general, cada vez se entiende menos esto, y se tiende a disculpar la actitud del que ha traspasado un límite que a mí me parece clarísimo e infranqueable, porque «exagero».
Algo que siempre me ha parecido desagradable es la fama. Ser famoso significa que la gente se cree dueña de tu vida, y por lo tanto, con derecho a saber, juzgar o hacer lo que quiera contigo porque le perteneces. Significa el final de algo que yo valoro mucho: la libertad.
¿Os parece raro esto que estoy diciendo? Bueno, sólo hay que ver entrevistas donde ponen en un brete a personajes públicos porque… porque sí. A ver si se les ve el cartón o si dicen algo que los condene. Sólo hay que ver la cantidad de personas opinando gratuitamente y en abierto de los cuerpos de los famosos. Diréis que se lo merecen, o que se fastidien, por tener éxito, pero eso hace que olvidemos que detrás hay un ser humano que, a lo mejor, está lleno de miserias que desconocemos. Y, si no lo está, cómo de fuerte hay que ser para seguir haciendo lo que uno considera cuando siempre está siendo cuestionado por razones más o menos legítimas. Normal que muchos acaben mal. La falta de intimidad es un enemigo que mata.
Habitualmente, hay un componente de envidia en ese «juzgar» al famoso. El problema es que, con la democratización de la fama, es decir, con que cualquiera con un perfil en redes sociales se pueda considerar público, la gente ha empezado a comportarse así con cualquier persona a la que le tenga (o incluso a la que no tenga en absoluto) un poquitín de tirria. También es la democratización de la envidia.
De repente, resulta lícito usar cualquier cosa íntima que sepas de alguien, o juzgar cualquier cosa que se te ocurra en una discusión de redes sociales. Y, por si fuera poco, con un baremo de congruencia total inalcanzable para los estándares de cualquier ser humano. Se llama «exponer», y a la gente le parece normal. Nos han convencido de que seamos la policía del vecino, y lo denunciemos por cualquier gilipollez —esto no suena nada bien, pero es real— como una cosa que trae satisfacción moral.
Yo soy una antigua, pero lo de ser una chivata lo llevo regulinchi. Y que vengan a chivarse de mí, pues ni os cuento. Sí, soy incongruente en muchas cosas, claro. No soy un personaje de ficción, tengo contradicciones. Que aburrido un mundo donde todos sean perfectos. Y que peligroso uno en el que todo el mundo cree que lo es.
Si esto va a ser el presente y el futuro, me dan ganas de pedir que pare para bajarme.






































































