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¿Qué está pasando en Alcázar?

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Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que Alcázar de San Juan era una ciudad en la que los vecinos disfrutaban de una tranquilidad que casi se daba por supuesta. No porque no existieran problemas, que siempre los hay en cualquier municipio, sino porque había una sensación compartida de seguridad, de orden, de convivencia razonable y de confianza en el espacio público. Alcázar era una ciudad en la que uno podía pasear con normalidad, en la que los barrios conservaban su pulso cotidiano y en la que la calle seguía siendo un lugar de encuentro, no de preocupación.

Por eso la pregunta no es retórica ni exagerada: ¿Qué está pasando en Alcázar?

En los últimos meses, muchos vecinos nos vienen trasladando una sensación creciente de inseguridad. No se trata de alarmismo, ni de convertir casos concretos en una descripción injusta de toda la ciudad. Alcázar sigue siendo una gran ciudad, con buena gente, con barrios trabajadores, con familias que quieren vivir en paz y con profesionales de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad que cumplen con su deber en condiciones muchas veces difíciles. Precisamente por eso, porque queremos a Alcázar y porque sabemos lo que ha sido, no podemos acostumbrarnos a que determinados sucesos empiecen a formar parte del paisaje habitual.

Cuando desde el Grupo Municipal VOX preguntamos en Pleno por esa sensación de inseguridad, el equipo de gobierno respondió como suele hacerlo cuando se le señala un problema real: desde la soberbia y la negación. Para socialistas, Verdes Equo e Izquierda Unida todo era una invención partidista de VOX. Nos dijeron, en esencia, que Alcázar era una de las localidades más seguras de la provincia y que, por tanto, no había motivo para preocuparse. Como si la estadística, utilizada como escudo político, pudiera borrar lo que muchos vecinos comentan en sus casas, en sus negocios, en sus barrios o en sus conversaciones diarias.

Pero la realidad es tozuda. Lo ocurrido recientemente en La Pradera no puede despacharse con un gesto de suficiencia ni con una frase hecha. Diez detenidos tras graves disturbios y agresiones a agentes de Policía Nacional no son una anécdota; que dos agentes acaben lesionados mientras trataban de identificar y detener a un individuo reclamado judicialmente no es una simple incidencia; que sea necesario un importante despliegue policial para restablecer el orden público en un barrio de Alcázar no puede tratarse como si nada hubiera pasado.

Pero La Pradera tampoco puede reducirse a una sucesión fría de titulares. Detrás de cada noticia hay vecinos que hablan de miedo, de desesperación, de abandono y de una convivencia que durante años fue normal entre familias de distinta procedencia y que ahora sienten quebrada. Cuando una asociación vecinal llega a denunciar públicamente tiroteos, presencia policial, ocupaciones, drogas, peleas y una sensación creciente de impunidad, el Ayuntamiento no puede limitarse a mirar hacia otro lado o a decir que todo es una exageración política. Aunque cada hecho deba investigarse y acreditarse por sus cauces correspondientes, el grito de auxilio de un barrio merece ser escuchado, no despreciado.

Lo más preocupante es que ese grito de auxilio empieza a convertirse en organización vecinal. Que una asociación de barrio anuncie reuniones, pida unidad a sus vecinos y reclame apoyo a los grupos de la oposición para llevar sus demandas al Pleno municipal demuestra hasta qué punto se ha roto la confianza en quienes gobiernan. Cuando los vecinos sienten que deben buscar fuera del propio equipo de gobierno una respuesta a sus problemas, algo muy serio está fallando. En plenos anteriores ya preguntamos por la situación de las viviendas y por la forma de adjudicar y la respuesta fue la misma que para cualquier otro tema: todo “está correcto” y “no generen alarma social”. Pero cuando los vecinos que lo sufren denuncian públicamente, a través de redes sociales y medios de comunicación, que la gestión de las viviendas sociales, los informes, las adjudicaciones y la actuación de los servicios municipales implicados lleva mucho tiempo haciéndose de mala manera, la obligación del Ayuntamiento no es refugiarse en el silencio, sino dar explicaciones claras y asumir responsabilidades políticas.

Y no es un caso aislado en la percepción ciudadana. En poco tiempo hemos conocido en nuestro municipio importantes operaciones policiales contra el tráfico de drogas, robos en establecimientos y en casas particulares.

Cada hecho tiene su naturaleza, sus responsables y su recorrido judicial; nadie debe mezclarlo todo de forma irresponsable, pero tampoco se puede hacer lo contrario: aislar cada suceso, meterlo en un compartimento estanco y negar que, en conjunto, están alimentando una sensación de deterioro que el Ayuntamiento debería escuchar.

Porque la seguridad no es solo una cifra en un informe. La seguridad es también la confianza de unos padres cuando sus hijos bajan al parque, es la tranquilidad de un hostelero cuando levanta la persiana, es el sosiego de una persona mayor cuando vuelve a casa al anochecer. Es saber que las plazas, las calles y los barrios pertenecen a los vecinos, no al miedo, al desorden ni a la impunidad.

El problema de fondo es que Alcázar lleva demasiado tiempo instalada en una lenta decadencia municipal. Una decadencia que no se manifiesta de golpe, sino poco a poco: en el deterioro del mantenimiento urbano, en la falta de cuidado del arbolado, en parques que tardan en repararse, en barrios que se sienten ignorados, en problemas que se niegan hasta que ya son muy evidentes y en una forma de gobernar más preocupada por el relato que por la realidad.

La Pradera es hoy el ejemplo más visible, quizá el más doloroso, de esa forma de gobernar basada en mirar hacia otro lado hasta que los problemas estallan. Pero no es solo La Pradera, es una manera de entender la gestión municipal en la que todo se fía al relato, a la propaganda, a la estadística conveniente y a la descalificación de quien se atreve a señalar lo que muchos vecinos ya están viviendo.

El equipo de gobierno confunde gobernar con administrar propaganda. Cuando VOX plantea un problema, la respuesta no suele ser una explicación seria ni una medida concreta, sino la descalificación. Si hablamos del arbolado, nos contestan con tecnicismos y evasivas; si hablamos de inseguridad, nos dicen que exageramos; si hablamos del deterioro de los barrios, nos acusan de ver problemas donde no los hay. Pero los problemas no desaparecen porque el gobierno municipal los niegue. Al contrario: cuando se niegan, crecen.

Alcázar no necesita alarmismo, pero sí necesita verdad. No necesita titulares tranquilizadores, sino un diagnóstico real y honesto; no necesita que el equipo de gobierno se ponga a la defensiva cada vez que la oposición plantea una preocupación vecinal, sino que se siente a escuchar, coordine recursos, refuerce la prevención y explique qué medidas concretas se están tomando. Y, sobre todo, necesita que ningún barrio se sienta abandonado, señalado o condenado a convivir con problemas que otros prefieren no ver.

La seguridad ciudadana exige presencia, coordinación, prevención y autoridad. Exige Policía Local con medios suficientes, colaboración permanente con Policía Nacional y Guardia Civil, vigilancia en los puntos más sensibles, atención a los barrios, cumplimiento de ordenanzas y una política municipal que no mire hacia otro lado ante los primeros síntomas de deterioro. No todo depende del Ayuntamiento, desde luego, pero el Ayuntamiento no puede comportarse como si nada dependiera de él.

Y sobre todo, Alcázar necesita recuperar una idea básica: el Ayuntamiento debe estar al servicio de los vecinos que cumplen, trabajan, pagan sus impuestos, abren sus negocios, cuidan de sus familias y quieren vivir en paz. Esa mayoría tranquila no puede sentirse abandonada ni ridiculizada cada vez que expresa preocupación.

No se trata de pintar una ciudad insegura ni de hacer daño a la imagen de Alcázar. Precisamente porque Alcázar merece una imagen mejor, necesita un gobierno que actúe mejor. Negar el problema no protege la reputación del municipio; la deteriora. Lo que protege a Alcázar es afrontar los problemas con seriedad, anticiparse a ellos y devolver a los vecinos la confianza en sus calles.

Durante años, muchos alcazareños han sentido que vivían en una ciudad segura de verdad. No solo porque lo dijeran los datos, sino porque lo notaban al salir de casa. Esa sensación se ha ido resquebrajando, lentamente sí, pero de forma perceptible. Y cuando una ciudad empieza a perder la tranquilidad, lo peor que puede hacer su gobierno es responder con soberbia.

¿Qué está pasando en Alcázar? Está pasando que demasiadas cosas se han dejado pasar. Está pasando que barrios como La Pradera necesitan algo más que silencio institucional y titulares tranquilizadores. Está pasando que la indolencia tiene consecuencias. Está pasando que la falta de acción real de gobierno se nota en la calle. Y está pasando que muchos vecinos empiezan a preguntarse por qué quienes deberían escucharles prefieren negar lo que ellos sienten.

Alcázar aún está a tiempo de reaccionar, pero para hacerlo hay que abandonar la complacencia, bajar del pedestal ideológico y volver a pisar la calle. Allí donde viven los vecinos, allí donde se ven los problemas, allí donde la seguridad no es un dato para presumir en un pleno, sino una condición imprescindible para vivir en libertad.

María Jesús Pelayo

Vicepresidente Primera de la Diputación de Ciudad Real

Concejal Portavoz del Grupo Municipal VOX de Alcázar de San Juan

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