Siempre he pensado que el gran problema de la humanidad es que se da por hecho que hay una sola forma de hacer, de sentir, de ver, de practicar (meta aquí los verbos que se le ocurran) las cosas. Eso favorece la intransigencia, que como todo lo importante, comienza por las pequeñas cosas. Desde niños oímos constantemente cómo es la manera correcta de estar en el mundo, que suele ser la de nuestros padres. Con suerte, en algún punto antes de nuestra madurez, rompemos con ese molde para encontrar nuestra propia forma. Algunos no son tan hábiles o no tienen tanta suerte, la verdad, pero incluso los más afortunados no perciben muchas veces que les ha quedado dentro algo mucho peor y más profundo: la certeza de que sólo hay una manera de ver las cosas y de actuar en consecuencia.
Vivimos rodeados de libros que nos dicen cómo superar esto o lo otro; de cursos que nos señalan la forma de hacer algo y que habitualmente sólo es la forma de hacerlo del que da el curso; de gente que sale por la tele haciendo aseveraciones rotundas que únicamente son opiniones; de cánones que hay que respetar e imitar; de personas en internet que saben qué debes comer, cómo te tienes que vestir y que tu marido es un narcisista. Es agotador. Imaginaos tener que aficionaros cada semana al superalimento que se lleve, hacer los ejercicios que el mes pasado eran malos pero ahora son fabulosos y tener que comprarse la última horterada que se le haya ocurrido al mercado que debes comprar. Y eleva eso a todos los aspectos de la vida. Supongo que da certezas a la gente, y que la gente necesita este tipo de certezas para subsistir.
Sin embargo, opino (y como opinión es discutible) que estas certezas absolutas, que a menudo son cambiantes también, favorecen dos cosas que no me gustan: que tratemos de imponerlas a los demás, y que miremos con desconfianza al que no las cumple o es distinto. Reconozco que no soy ejemplo de nada. Siempre he vivido bajo dos reglas que sí me parecen inamovibles: no hacer daño voluntariamente al otro y confiar en la ciencia hasta cuando, con el tiempo y los descubrimientos, demuestra necesitar revisión. De estas dos reglas se extrae todo lo demás.
Tampoco soy ejemplo en cuanto a desconfiar del raro o fuera de la norma, porque eso siempre me ha producido curiosidad. A menudo se descubre que los que entran en ese grupo ya han sido dañados voluntariamente por otros que sí siguen ese «lo que debe ser» que es como una losa, y del que salen las obsesiones con estar delgadísima, gastarse el dinero que uno no tiene en cosas que de veras no necesita, la envidia, la infelicidad, la imposibilidad de ser perfecto y tantas cosas innecesarias para lo único que debería de veras importarnos: estar a gusto con nosotros mismos, porque el «yo» es una compañía, en muchos casos por desgracia, inevitable.







































































