He llegado a la conclusión de que la curiosidad se entrena. Es una de esas cosas que, si no se entrenan, se atrofian; vamos, como todo en la vida.
Hablaba el otro día con un conocido actor de la falta de curiosidad de cierta gente que nunca se sale de lo conocido y lo que puede controlar. Hablábamos en un contexto de trabajos relacionados con el cine, el teatro y la actuación, pero desde luego es algo que se puede extender a cualquier ámbito. La conversación fue muy edificante, pero además me dejó dándole vueltas a ciertos asuntos y a sacar ciertas conclusiones. La primera, no es culpa de los que no sienten curiosidad el no tenerla, porque la curiosidad se entrena, y muchos se han criado en un mundo que no lo facilita.
Me explico. Para crear la curiosidad, hace falta la sorpresa, es decir, encontrar algo inesperado que nos empuje a querer saber más. Por lo tanto, para poder encontrar cosas inesperadas, hay que poder enfrentarse a lo intergeneracional, a lo que no nos gusta, a aquello que nos despierta algún tipo de prejuicio o rechazo, a lo que no llegamos a entender del todo… a aquello que no nos hubiéramos acercado por voluntad propia, en resumen.
Lo inesperado crea la duda, y en la duda germina la curiosidad. Vivimos en un mundo que está diseñado cada vez más a la carta, como niños mimados protegidos de lo que no nos agrada, donde los algoritmos nos brindan la información diseñada para nuestros gustos preestablecidos sin dejar apenas espacio para los nuevos, o que incluso seleccionan los gustos por afinidades en la vida real. Es decir, tenemos máquinas que piensan por nosotros que si nuestros amigos han visitado tal página o se han interesado por tal cosa, quizá a nosotros también nos interese. Así es como se crean las burbujas de información, o cómo hay gente que cree que no existe el cine antes de 1995. Internet está clasificando a las personas por corrientes de pensamiento o gustos personales, sin dejar espacio al eclecticismo.
Por supuesto, sigue existiendo el mundo real, donde a lo mejor una abuela sigue cantando coplas mientras toma la fresca y puede que eso despierte la curiosidad de una nieta, pero lo cierto es que cada vez vivimos más dentro de lo virtual, y lo virtual tiende al orden. La curiosidad y la creatividad se nutren de cierto caos, de cierta aleatoriedad que no puede (ni debe) controlarse. Sin embargo, ahora cuando te mandan un PDF y lo abres, la aplicación te dice que es demasiado largo y que si quieres que la IA te haga un resumen. ¿Es que acaso no está lo verdaderamente interesante en lo que una IA va a considerar de poca relevancia para ti?
Por suerte, muchos jóvenes se rebelan contra ese orden y esa clasificación, porque se sienten presionados a encajar en un molde demasiado estrecho. Que lo hagan tiene muchísimo mérito, porque tienen todo el sistema en contra.







































































