Una ofensa. Últimamente sale en muchas de mis conversaciones el tema de cómo se dirige a las mujeres a valorar únicamente su belleza, a emplear todo tipo de tiempo y esfuerzo en crear y mantener un aspecto estético concreto, a que un porcentaje enorme del autoconcepto esté relacionado con resultar atractiva. Supongo que porque estoy más atenta, he desarrollado una atención selectiva en este aspecto y escucho, veo o leo todo el tiempo referencias a esto, que despiertan en mí una inquietud de confirmación que no me termina de gustar.
Hace unas semanas, en el texto sobre una exposición, leí que una niña lista es una ofensa, y todo cobró sentido: no importa si eres presumida en lo superficial, pero no puedes decirte inteligente.
Independientemente de que yo pueda tener más o menos cuidado de mi aspecto, o pueda ser más o menos coqueta, hay muchas cosas que nunca he comprendido porque mi autoconcepto dependía mucho más de mi pensamiento creativo que de cualquier otra cosa. Siempre he usado mi pensamiento creativo no sólo para crear literariamente, sino también para asociar conceptos o resolver problemas. El pensamiento creativo me da seguridad desde siempre, pero eso ofendía y ofende, porque era mucho más importante que no supiera llevar zapatos de niña sin deformarlos, que fuera siempre despeinada, que no me esforzara en disimular o cambiar mi palidez y, posteriormente, que me lleve a tiros con la plancha, no use base de maquillaje o mi relación con los colores en la ropa o la moda en cejas. Todavía a día de hoy, con más de cuarenta años, se usa el físico para contrarrestar mi seguridad basada en otras cosas. Desconcierta que ocupe físicamente mucho espacio en los sitios, porque lo que debe hacer una chica, aparte de ser mona, es ocupar poco; es decir: arrinconarse. Hubo un momento en mi infancia, de hecho, en el que pensé que quizá yo no era del todo una chica si esas eran las reglas para serlo. Llegué rápido a la conclusión de que la feminidad no tiene nada que ver con lo que nos han contado, que eso es como nos quieren ver para mantenernos siempre alejadas de lo importante: menores de edad permanentes.
No podemos ser femeninas desde la mirada del otro, por oposición, sino siendo seres humanos complejos y únicos todas nosotras como tradicionalmente se le ha permitido a ellos. No debería ser mucho pedir, pero ofende.
Por mi trabajo leo muchos manuscritos y me resulta significativo el número de ellos firmados por hombres que, cuando hablan del amor a una mujer, únicamente destacan cómo es por fuera: el color de su pelo o sus ojos, su figura, incluso la gracia al moverse. Si son villanas, y no directamente desaliñadas o feas, usan su físico para el mal. Mientras, reservan las descripciones pormenorizadas al carácter o habilidades de otros hombres. Reservan para ellos la admiración verdadera. No los culpo, no creo que se den cuenta. El mundo está montado así. Por eso hay que dinamitarlo.
Primera Sangre – María Zaragoza